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Caso de estudio

Carlo Giuliani como metáfora política

✍️ Por Gavo1992
🕒 18 May, 2026
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Carlo Giuliani como metáfora política

Cuando los símbolos importan más que la verdad: Carlo Giuliani como metáfora política

Es curioso cómo nuestro cerebro, cuando está en la etapa de enamoramiento, ignora los defectos de la otra persona y solo puede ver lo maravillosa que es. Algo parecido pasa con los “héroes” que colectiva o individualmente convertimos en símbolos de lucha, resistencia o cambio social. La mayoría de las veces ignoramos el panorama completo y los matices que le dan forma a una verdad que choca con la percepción que tenemos de los símbolos que creamos.
Para explicar este fenómeno, nos concentraremos en la figura de Carlo Giuliani, un joven que se convirtió en el rostro de un movimiento a partir de imágenes que simplificaron una realidad mucho más compleja.

Dos hombres atrapados en medio del caos de Génova

A continuación, se presentan 2 recreaciones narrativas que buscan representar los pensamientos de Carlo Giuliani (el activista fallecido) y Mario Placanica (el carabinero autor del disparo que le quitó la vida). Estas ocurrieron minutos antes del acontecimiento que cambió el rumbo de la narrativa alrededor de las protestas de Génova en el 2001. Estos no representan los pensamientos de los personajes involucrados.

Carlo Giuliani

Ya no entendía qué estaba pasando; todo estaba en movimiento y caos: correr, gritar, empujar, caer. Génova ya no era una ciudad, era un campo de guerra; la ciudad se había quebrado.
Vidrios rotos, basura quemándose, sirenas que atravesaban el aire como dagas; aun con todo esto, nadie retrocedía, no había orden, solo inercia. Las calles gritaban dolor, desesperación y coraje; el compromiso nos impulsaba.
De pronto una voz resonó:
- ¡Ahí vienen! ¡Corran!
Pero, ¿quién venía?, ¿a dónde teníamos que correr? Entonces vi la patrulla; estaba atascada, rodeada de cuerpos emitiendo un ruido sordo. Era el verdugo, pero creí que carecía de hacha.
Todos empezaron a acercarse; yo también. Piedras se estrellaban contra el vehículo, alguien lanzó una botella, algo más consistente impactó el parabrisas; cada golpe hacía vibrar las puertas.
Alguien gritó:
- ¡Quieren matarnos!
No sé quién fue; tal vez fui yo. En las ventanas se podían mirar rostros cubiertos, ojos llenos de odio, brazos levantados. Eran bestias sedientas de sangre que venían por nosotros. Sentí la adrenalina recorriendo mi cuerpo; el miedo se convirtió en energía.
Vi un extintor en el suelo, lo levanté, avancé con pasos firmes; dentro del auto alguien levantó un arma, nuestras miradas se cruzaron solo un segundo. Después de un trueno, el sonido se propagó; la rabia, los gritos, la ciudad y el caos, todo continuó aun después de que caí.

Mario Placanica

La orden fue clara: Salgan y arreglen ese desastre. Pero no había posibilidad de control. La ciudad estaba hundida en el caos; era algo más grande que una protesta, era odio tangible, anarquía exacerbada, adrenalina colectiva. Y nosotros estábamos atrapados en medio de todo.
El movimiento era limitado dentro de la patrulla; el sonido de los impactos contra el metal amenazaba con tirar las puertas.
Yo solo tenía 21 años. Y afuera, centenares de personas enojadas, dispuestas a todo por una lucha que no comprendían. Intenté recordar mi entrenamiento, pero el miedo destruye los pensamientos que intentan formarse en la mente. Intenté respirar; algo tan elemental se dificultaba.
Miré hacia afuera; una figura se acercaba con un extintor. Por un instante su mirada se cruzó con la mía; creo que pude notar miedo en su faz, pero siguió avanzando y yo seguía sintiendo la vibración del coche. Los gritos se convertían en desesperación y esa maldita sensación de que en cualquier segundo nos sacarían de ahí.
No recuerdo el momento exacto, mi razón estaba nublada; solo existía el miedo, terror contenido, un pánico que te oscurece el sentido para que aflore el instinto.
Levanté el arma.
Escuché un disparo, creo que fui yo; después, el silencio. El silencio más denso de mi vida.

¿Qué era realmente el G8?

En términos simples, el G8 era la cumbre de potencias nacionales más influyentes; en el caso específico de Génova 2001, los asistentes fueron: Estados Unidos, Rusia, Reino Unido, Alemania, Francia, Italia, Japón y Canadá. El objetivo era llegar a acuerdos políticos, económicos y sociales que guiaran las normas y reglas a seguir para el desarrollo, crecimiento y cooperación entre naciones.

Esto no es necesariamente malo, aunque la idea de que “unos cuantos tomaran decisiones que afectaran a la población mundial” se puede presentar en nuestras mentes; no debemos caer en la burda idea de “una cúpula malvada que quiere esclavizarnos”. Muchas de las decisiones tomadas a lo largo de estas cumbres ayudaron a eliminar la pobreza extrema en varios lugares, coordinar una respuesta ágil ante crisis sanitarias y generar comercio internacional para empresas locales.

Tampoco son 100% beneficios. Muchas de estas decisiones generaron desigualdad social extrema, narrativas dominantes y desvalorización de productos internos frente al mercado internacional. Una misma política de intercambio entre naciones podía beneficiar y afectar a uno o más grupos de personas; sería necesario analizar cada una de las resoluciones tomadas, tanto en lo individual como en su conjunto. En este punto, el G8 se podía percibir como “una élite que llevaba la directriz mundial a la cual muy pocos podían acceder”.

¿Qué es la globalización?

La globalización no es el resultado de las decisiones del G8; es algo más antiguo y común de lo que muchos piensan. La globalización es el proceso por el cual las naciones han intercambiado e integrado ámbitos como la economía, la cultura, la política, la tecnología y lo social. Explicado con un ejemplo muy básico, es cuando una empresa mexicana hace negocios en un país extranjero como España y establece una sede en ese país. Al establecerse en la nación española, además de contribuir a la economía entre ambos países, los mexicanos comparten parte de su cultura y los españoles comunican su estructura social. Al mismo tiempo, alguna empresa española se establece en Alemania y así entre distintas naciones.

Ahora esta cooperación entre países tiene ciertas reglas y tratados internacionales y eso era lo que se discutía en las cumbres internacionales de G8. Por último, la globalización es muy cruda en un aspecto: esta separa ganadores de perdedores; los que logran adaptarse a ella tienen muchos beneficios; por otra parte, los que se quedan atorados sufren estragos incalculables. Tomando esto en cuenta, la opinión sobre la globalización se polariza dependiendo de qué lado de la moneda te encuentres.

Los ganadores de la ecuación

Imaginemos a un granjero que sobrevivía vendiendo su cosecha a un mercado local que solo consumía 30% de lo que generaba, provocando que el resto de los frutos se caduquen y eso aparte generaba un nuevo proceso en el cual tenía que gastar. Con la llegada del comercio internacional, este mismo granjero ahora tiene la posibilidad de exportar su mercancía y adquirir maquinaria y capital a un costo que le es rentable. Ahora vende más del 90% de su cosecha, aumenta ganancias, reduce pérdidas, diversifica inversiones, adquiere más tierras, genera empleos, aumenta la calidad; su crecimiento es exponencial si sabe jugar.

Para este caso hipotético, la globalización fue y es un gran aliado; el granjero estará contento con este modelo porque solo debe pensar en sus resultados. Pero no todo es color de rosa; desde las sombras aparecen nuevos retos como la pérdida de autonomía, la vulnerabilidad ante crisis o cambios de mercado, mayores competidores internacionales (este es un tema que trataremos en otro artículo).

Los perdedores en la ecuación

Por otro lado, vemos el caso de su vecino, un hombre que no reconoció el cambio y dos ideas. Él parte del mismo punto, con ganancias y pérdidas iguales a su vecino, pero con el paso del tiempo él no puede adquirir maquinaria o materiales que ayuden a su cosecha, la cual se ve de menor calidad y es transportada con mayor dificultad; pierde clientes, se desprestigia ante proveedores y pierde terreno de expansión, hasta el punto en el cual su mejor opción es venderle a su vecino por un precio menor al que era en un inicio.

Aquí la percepción sobre el crecimiento acelerado es de injusticia y frustración; algo que en un momento pudo funcionar y con lo que se podía sobrevivir, ahora es un sistema que lo ha despojado.

En el lado en que te encuentres serán las sensaciones que te genere. La sensación de ser oprimido por un sistema que ya no juega a tu favor deja de ser un descontento económico y abre paso a una identidad emocional.

El movimiento antiglobalización

Primero tenemos que decir que este no era un movimiento unificado; dentro de él se podían distinguir varias corrientes de pensamiento, desde ideas pacifistas que deseaban eliminar la exagerada desigualdad social hasta movimientos radicales que buscaban implantar la dialéctica anarquista. Con esto establecido, nos damos cuenta de que las acciones visualizadas durante las marchas y protestas se encontraban en extremos opuestos. Las críticas sólidas con las cuales la mayoría de las personas podríamos estar de acuerdo son: eliminar la brecha de desigualdad, el apoyo y la cooperación de grandes corporaciones y pequeñas empresas emergentes, y la supresión de la explotación laboral de cualquier tipo.

Todo esto puede sonar bastante justo y, viéndolo desde la base de la pirámide, incluso parece necesario; el problema surge cuando estas causas legítimas se pierden en el extremismo de la emoción colectiva y la frustración en masas.

Estos movimientos llegaron a tal extremo de ceguera colectiva que se perdió el propósito de la lucha, siendo reemplazado por el descontento emocional como combustible de acción.

¿Qué pasó en Génova 2001?

Génova 2001 fue un caos sin precedentes; no era una guerra como tal, eran disturbios descontrolados en un perímetro que cambia de fronteras a cada minuto. Eran vidrios rotos, bombas molotov, chorros de agua, incendios, palos, piedras, escudos, todo mezclado en un lío sin principio ni fin, un lío que duró 4 días, de los cuales 3 se describen como violencia demencial.

Todo comenzó el 19 de julio con la llegada de los integrantes del G8 y una marcha pacífica a las afueras de la sede; el día 20 de julio fue marcado por actos de violencia y la muerte de Carlo Giuliani. El día 21 de julio, en una marcha masiva que contó con más de 300 mil asistentes, se desencadenó una pelea y represión brutal por parte de las autoridades públicas. Para culminar el día 22 de julio con casos de tortura a integrantes de la marcha y cargas violentas contra policías que quedaron en desventaja ante manifestantes. Aunque solo se registra la muerte de Carlo, hubo más de 600 heridos entre policías y manifestantes.

No fue una victoria revolucionaria, no fue una muestra del buen uso de la fuerza del Estado. Fue un día gris marcado por 2 ideas que no encontraron el diálogo.

¿Quién y qué es Carlo Giuliani?

Carlo es una tragedia, es la combinación de un sistema imperfecto en el cual no sabemos cómo puede ayudar o perjudicar, con la voz de un grupo que no se siente escuchado y decide levantar el puño.

La persona

23 años, hijo de dos funcionarios públicos, escribía poesía, tenía una novia, su situación económica no era de lujo ni precaria, pero sí era cómoda, estudiaba historia. A grandes rasgos, era un joven común con ideas de libertad e igualdad social… También era impulsivo; personas allegadas a él relatan que el día de su fallecimiento él pensaba ir a la playa y asistir a la marcha fue una decisión de último momento. Era emocional, le dolía ver la desigualdad y al mismo tiempo era contradictorio como todo joven creía que el mundo debía seguir otro rumbo, pero su idea era presionar para que otros hicieran el cambio. Era libre, tomó decisiones a su gusto y probablemente quería que otros tuvieran la misma oportunidad; el problema es que no se dio cuenta de que la libertad no tiene que ver con la situación, sino con la decisión.

Antes que todo, Carlo era un humano, no era un monstruo, no fue un salvador.

¿Cómo nace un mártir?

Los acontecimientos de Génova 2001 envuelven hechos y pensamientos que coexistieron en el momento; sin embargo, todo el contexto y la realidad fueron reemplazados por una imagen. La gente solo vio la foto, la imagen de Carlo tirado en el suelo con una máscara y el rostro cubierto de sangre; en ese instante no se leyeron investigaciones, ni se entendió el contexto, se desconocía la vida de Carlo, solo existió el juicio: el G8 había matado a un joven para reprimirlo. Y la narrativa avanzó sin tope; la imagen se presentó en miles de noticiarios, los rostros de las personas conmovidas inundaron las pantallas. Un joven había muerto; y no quiero que se malinterprete este ensayo, claro que fue una tragedia, por supuesto que se vivió un hecho lamentable.

Narrativa simple, difusión masiva.

Los medios no necesitaban dar grandes explicaciones; solo requerían una historia cortada: una víctima convertida en héroe, un opresor transformado en villano. No hay más que decir porque, al simplificar el consumo emocional, se genera impacto inmediato y crea identidad de tribu. Carlo era oro puro para vender la imagen del “rebelde con conciencia social asesinado por un sistema que lo quería callar”.

Y el movimiento lo compró, porque una tribu necesita un símbolo, un rostro con una historia que se pueda tatuar en las entrañas y aparecer en camisetas; los movimientos necesitan víctimas para reemplazar la idea de “luchamos por esto” por el pensamiento de “luchamos por él”.

El entierro congela la historia; no se pregunta, solo se asume, no se cuestiona la lucha, sus contradicciones, no hay pasado que condenar; las lágrimas y la emoción efímera censuran la crítica, el relato cambia las reglas, ya no era una persona, se transformó en un símbolo.

Eso es lo que busca la gente, un espectáculo que se pueda politizar y, a la falta de criterio, solo quedan algunas reflexiones de cómo funciona el mundo: la imagen importa más que el análisis, el impacto más que la verdad y la emoción más que la profundidad.

Génova mostró en Carlo Giuliani el prototipo de la viralización política emocional.

Resentimiento, una emoción política

La pérdida provoca sufrimiento, la injusticia genera frustración, el dolor nubla la vista y nos convierte en víctimas potenciales de la manipulación. Claro que, como la mayoría de la gente, me duele la situación tanto de mi país como de otras naciones; sí veo que hay desigualdad y soberbia en aquellos que nos venden promesas para después voltear la cara mirando a intereses propios. Sé que existe la corrupción, el abuso de autoridad y la mala gestión, pero el enojo no produce soluciones reales, solo impide estar atento a nuevos abusos de un nuevo libertador.

El humano necesita pertenecer.

No seguimos estos símbolos solo por lo que representan, sino por los que están a nuestro lado viéndolo; en él encontramos identidad colectiva y podemos responder a los valores de una tribu sin cuestionar la veracidad, legitimidad o bondad de las ideas que defendemos.

Ese símbolo nos hace pertenecientes, genera visibilidad en medio de la concurrencia, nos hace sentir importantes y tener un propósito. No soy solo yo, no estoy solo; soy parte de una tribu de personas diferentes y ese sentimiento borra nuestra individualidad única para reemplazarla por una identidad colectiva.

No hay nada nuevo bajo el sol.

Y el ciclo se repite y cada vez más rápido; con la tecnología, las emociones y las reacciones se viralizan más rápido, los símbolos nacen y mueren con mayor inmediatez y la indignación es constante, pero vacilante entre una y otra ofensa imaginaria. Hoy seguimos a alguien y mañana compartimos ideas diferentes, pero siempre atados a un símbolo que no cuestionamos, que idolatramos. Que dejamos que nos defina.

Perdemos la individualidad por la necesidad de atención sin esfuerzo.

¿Cómo escapar?

El problema no es que la sociedad se encuentre enojada; el problema empieza cuando ese enojo necesita de símbolos que seguir más que soluciones que implementar.

El pensamiento crítico reconoce que un tema es más complejo de lo que puedo visualizar y analizar; todas las variables que el hecho contempla nos ayudarán a dar soluciones a problemas vigentes.

Trata de generar empatía, no veas las cosas solo de tu lado, colócate en la acera contraria y sé objetivo, reconoce tu responsabilidad individual y no te victimices ante las circunstancias.

Distingue entre emoción y razón: la razón te debe dar guía y planes para actuar; la emoción te debe ayudar a no desistir. No has culto de aquello que nunca cuestionaste.

Cuando las personas dejan de entender el sistema que gobierna sus vidas, el enojo se vuelve más fácil de movilizar que la razón.

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